martes, 4 de octubre de 2011
Nico Munuera. Ni más, ni menos.
“LA DESOLACIÓN ES DE COLORES”
EL CULMEN DEL ARTE ABSTRACTO
Galería Max Estrella. C/Santo Tomé 6.
Galería La Caja Negra. C/Fernando VI 17, 2º izquierda.
La isla de Ross, o “Isla James Ross”, llamada así en honor a su descubridor; fue hallada por Sir James Clark Ross a raíz de las expediciones en el polo sur, y sobre todo en la Antártida. Más tarde Sir Ernest Shackleton, la con la “Imperial Trans – Antártica Expedition”, se convirtió en el primer hombre en cruzar el continente antártico a pie. En cuyo viaje al pasar por el mar de Weddell, su expedición quedo atrapada en el hielo. Shackleton y sus compañeros sobrevivieron de manera milagrosa, lo que ha pasado a las páginas de la historia de la navegación. Durante la travesía, lo pasador francamente mal y sufrieron los tópicos de una aventura tan singular como esta; quedaron sin recursos ni comida, sin comunicación con el mundo exterior, y por último sufrir lo que nadie ha sufrido en soledad donde el gélido hielo es lo único que ven tus ojos al levantarte todos los días.
Esta experiencia que nadie debería sufrir y nunca ser capaz ni de imaginar algo así de posible pero a la vez imposible; sirve de reflexión para el autor de la exposición Nico Munuera “My Ross Island”, llegar a pensar que la pintura es algo más que algo reflejado en un papel o lienzo dónde el Munuera trabaja bastante. Nico mantiene la expresión abstracta de la pintura paisajística en un universo paralelo a la expedición de Shackleton. ¿Qué es sino para Munuera la pintura?, una aventura en el día a día, en la actualidad. Esta actualidad que ha desechado la pintura, al ver en ella solamente 4 rayas mal colocadas o colores mal puestos. En este grupo de la sociedad me sitúo yo, pero hablo también por Munuera el cuál para mi hace una reivindicación a la consagración de lo que ha sido la pintura hasta ahora, para acabar en una pintura basada única y exclusivamente en lo abstracto y lo reflexionable a través de esta técnica pictórica.
Como no era de otra forma lo más importante de las dos exposiciones en sí es el color, ese color que cobra tanta importancia en los abstractos como Nico. En “My Ross Island”, el color blanco es el fondo de la pintura y corresponde a la blanca nieve y el gélido hielo de la Antártida. Se pude observar que tiene mucha relevancia con lo que comente sobre la travesía de Sir Ernest Shackleton. Los colores vivos que recorren las láminas a base de trazos y rayas tanto verticales como horizontales, recuerdan o dan a entender que son las personas o lo material que prevalece en la nieve y que a pesar de toda la blancura se pude ver; es decir los compañeros y el propio Shackleton de la “Imperial Trans – Antártica Expedition”.
En “Ribbons” pasa a un primer plano el color y recuerda a Rothko. La exposición es un amor por el color ya que sin color no hay obra de arte y sin obra de arte no estaría haciendo ahora mismo esta crítica sobre Nico Munuera.
lunes, 3 de octubre de 2011
Por amor al arte
sábado, 1 de octubre de 2011
LEE, LUCHA, LOGRA.
MARTA-ESTHER GOMEZ.
Uno, cuando entra en Alameda 5 y ya ha metido los dos pies dentro de los pocos metros con los que cuenta la galería, tiene la sensación de que va a estar allí a lo mucho 5 minutos, pues con una ojeada ya lo tiene todo visto y quizá tenga que remolonear un poquito para que no se piensen que se es un insensible o un necio. Nada más lejos de la realidad.
Avelino Sala es un artista polifacético que se apoya en diferentes soportes tales como la pintura, el dibujo, la escultura y el grafitti. Siendo herramientas transmisoras de ideas que articulan un concepto desde lo que a priori, por una cuestión de estereotipos, podemos considerar contradictorio. ¿Quién se iba a imaginar que unas pintadas en la pared nos remitieran a Erasmo, Horacio y Virgilio?
Nos habla de opuestos y contrastes. Un dibujo de un pandillero, gorra y pañuelo en boca junto a un folio blanco donde se puede leer “Concedo Nulli” (no cedo ante nadie) te da la bienvenida a la exposición. Como despedida de ella, otro retrato con idéntica indumentaria y su frase “audentes fortuna iuvat” (la fortuna sonríe a los audaces) como si de bocadillos salidos de un cómic se tratase. Desconcierta. La asociación del chaval con pinta de buscabroncas y la frase en latín, lengua muerta y transmisora de cultura, nos hace caer en la cuenta de que no estamos frente a un pandillero de barrio cualquiera. Se trata de un inconformista que lucha con la palabra, que se atrinchera tras pilas de libros negros, que se erige en una columna de conocimiento frente a detractores de mayor tamaño y número pero de igual color que su estructura de defensa, negro. Negro como el futuro que le espera, negro como el neumático que quema, para así, tras su paso por el fuego, quede reducido a cenizas. Llamas como servicio ancestral de protección y cura, de queja y reivindicación, de protesta más allá del acto delictivo.
Otro apartado de la exposición lo componen siete acuarelas alineadas en la que se mezclan paisajes de grúas y palmeras con bodegones de tuercas, un periódico nacional, un tirachinas y un hombre de espaldas. De esta composición casi collagística desentrañamos el leit motiv de la obra. Avelino Sala, natural de Asturias, se basa en el cierre de Naval Gijón y los conflictos económicos y laborales que ello supuso para esta tierra. Conceptualmente podemos entender la situación del trabajador, un hombre que, manos en la cintura, solo puede mirar como las grúas se convierten en tuercas esparcidas, último vestigio de una gran industria. Desventaja en la lucha pues, como un David contra Goliat ¿quién puede enfrentarse a una grúa de demolición con un tirachinas y salir victorioso? ¿Quién puede enfrentarse a un ejército de antidisturbios y policías desde un tamaño irrisorio y la soledad del uno? Sencillo y esperanzador: aquel que se atreva a saber (“sapere aude”), que sea audaz y que haga concesión nula ante lo que se le presente.
UNA PUERTA HACIA NINGUNA PARTE
MARTA-ESTHER GÓMEZ
Gregory Crewdson es fotógrafo, si. Pero podría ser cineasta sin que se le moviera un solo pelo del flequillo. En anteriores exposiciones y a lo largo de toda su obra hemos visto la facilidad que posee de contarnos toda una historia con personajes y situaciones en una sola instantánea, con protagonistas quietos, como si de una secuencia en movimiento se tratase. Narrándonos la gran actividad interior y la carga psicológica en la que están inmersos los retratados.
En Sanctuary nos encontramos solo con el soporte de tales escenas, que en este caso es el único protagonista. Sin perder la atmosfera cinematográfica, las fotografías están tomadas en los estudios Cinecittá (ciudad del cine), en Roma. Emplazamiento de grandes producciones del celuloide como “Quo vadis” o “Ben Hur” hoy reducidas a ruinas de las propias ruinas. Pues como si una gran tormenta hubiese pasado por aquellos lugares, los charcos así atestiguan tan dramática metáfora, ya solo quedan los restos de lo que un día fueron el embalaje de un sueño.
En todas las imágenes encontramos un nexo común: la puerta. Es un elemento que nos adentra y nos invita a participar, entre las vigas y los edificios derruidos como un “pasen y vean” de la decadencia. Nos habla así de la temporalidad y lo efímero del arte. De la funcionalidad de la creación, que una vez que ha satisfecho su cometido queda abandonada convirtiéndose en una construcción deconstruida, olvidada y maltrecha. Y tiene gracia, tratándose de Roma, la ciudad eterna.
Podemos considerarlo como una crítica que habla sobre lo efímero de las producciones actuales, totalmente digitalizadas. De la pérdida del proceso escenográfico como artesanía material en pro de la rapidez para generar productos que proyectar en salas de cine.
La luz que impera en toda la secuencia de imágenes es la del primer amanecer. Esa neblina que convierte el blanco y negro de las fotografías en un gris poco contrastado. Transmite la calma de los hechos pasados y el mirar hacia atrás para recordar que algo hubo y que al estar desfasado, ya ni nos interese.
Sanctuary toma distancia de a lo que nos tenía acostumbrados el autor. No hay tensión ni interpretaciones fantásticas de las imágenes. No hay luces dramáticas, acusadoras, frágiles. No existe ningún peso narrativo ni posibles elucubraciones sobre la escena y el devenir de los personajes que en ellas aparecen. En definitiva, no existen protagonistas más que el propio espacio, y de eso se encarga el espectador. Crewdson te abre la puerta para que, dentro del mundo irreal que representa, cada cual, según su mirada sitúe desde emperadores hasta operarios de sonido, desde estatuas y fieras hasta raíles para el traveling de una cámara.
Considerando las puertas de cada una de las imágenes, avanzamos entre los propios recuerdos. Aquellos gestados en la butaca de algún cine en la que descubrimos grandes emperadores. Una puerta hacia ningún lugar, solo hacia un imaginario colectivo. En definitiva, real o ficticio, el recuerdo de otra época.