Sanctuary de Gregory Crewdson
Galería La Fábrica, C/ Alameda 9, Madrid, España
SILVIA SERRANO SÁNCHEZ
- Son curiosas las conexiones de nuestra mente, ciertas imágenes nos evocan a su vez más imágenes y éstas mediante una maraña enrevesada y a veces casi perversa de pensamientos, nos traen a la mente recuerdos. ¿No es eso algo extraordinario?
Claro está, que para que eso ocurra, no precisamente tenemos que tener delante algo brillante, algo increíble, o quizás sí.
Ahora mismo, lo único que tengo claro, es que a mi las fotografías de Gregory Crewdson me recuerdan de alguna manera a La carretera de Cormac Mccarthy. Todos los paisajes eran tal y como yo me había imaginado el mundo cada vez que me sumergía entre las páginas de este libro.
Las fotografías eran paisajes desalentadores, tristes, sombríos, desolados, abandonados, fríos… Es verdad que no son adjetivos de lo más sugerente si lo que esperamos encontrarnos es un campo florecido en primavera, pero lo fascinante es que no puedes dejar de mirar cada una de las fotografías, todas te atrapan y todas intentas descifrar.
El cielo color ceniza, los edificios ruinosos que después de haber sido levantados por el hombre vuelven a quedar a merced de la naturaleza azotados por el aire, el frío y la lluvia, sin más destino que convertirse en joyas para el que sabe captarlas con el objetivo.
En muchas de las fotografías está más viva la idea de humanidad, puedes imaginarte sin dificultad esos lugares, plagados de transeúntes y rebosantes de vida, sin embargo en otros la mano del hombre queda más alejada y el esqueleto de lo que fueron grandes estructuras o pretendían llegar a serlo se funde con la naturaleza.
Pero personalmente las que más me han llamado la atención son las fotografías en las que se contrasta el pasado con lo cotidiano, pues provocan una sensación de nostalgia indescriptible. La contraposición de una casa deshabitada con un bloque de pisos de un barrio obrero resulta sobrecogedor; sentir el paso del tiempo, pero no el progreso. El hombre camina hacia delante, realiza grandes obras, cuando éstas ya no le sirven las abandona y realiza otras, más acordes a sus necesidades y sus gustos, se podría decir que el hombre evoluciona, y algunos, incluso, pueden ver al final del camino una puerta entreabierta por la que se escapa un halo de luz, sin embrago, detrás de esa luz cegadora no hay un futuro mejor.
En definitiva, toda la exposición fotográfica resulta impresionante, y desde mi punto de vista, muy sugerente y personal. Adentrarse en esos paisajes inmortalizados por la cámara resulta apetecible, fundirse con el paisaje y descubrir los recovecos más ocultos, que se encuentran en esas imágenes, envueltas en un halo de misterio, te conduce a un final de la visita en el que te has quedado con ganas de ver más, sin embargo, como todo en esta vida, la exposición después de algún tiempo de contemplación llega a su fin, y me parece que no está de más dedicarle unos minutos de reflexión e intentar descubrir que sentimientos nos evoca.
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